TWOCATS PEL GOSPEL – La semilla y el colajet

Descolgué. Era Itziar (en aquella época aún nos llamábamos por teléfono):

Oye, que Pau está montando un coro de góspel, y he pensado que como tú diriges uno de niños en la escuela igual te interesa.

Comenzamos unas semanas después en la iglesia de Sant Ferran, en el barrio de Sant Antoni de Barcelona. Abajo, la Gran Vía se atascaba en hora punta. Arriba, nuestras voces pisaban a fondo sin regomello ninguno.

El primer día éramos quince. Nos presentamos. Pau Font nos planteó la historia y acabamos canturreando el Wimbowe (mbube en zulú). Fue muy divertido, y realmente orgánico. Éramos jóvenes. Teníamos ganas ¿Cómo no iba a sonar bien? Nuestro primer ensayo de góspel comenzó con una versión folky de un tema sudafricano. No íbamos tan desencaminados, en el fondo.

Diez años después éramos 110 cantantes y celebrábamos el cumpleaños llenando la sala grande del Auditori de Barcelona con una autoproducción. Nos encanta explicar esta historia ¿Pero cómo no? Los técnicos del Auditori aún deben de estar flipando con aquel coro de amateurs que colgaron un sold out el día antes. Twocats era un grupo humano donde casi todo era posible, y aquello fue una prueba más de su naturaleza expansiva. Con el tiempo, los veteranos no podemos evitarlo. Nos hemos convertido en un grupo de entrañables cuñaos que recuerdan el auditori como si fueran las batallitas de la mili. Pero es que, realmente, fue la bomba. Otro día te explico este episodio.

El caso es que, justamente aquel año, comencé a estudiar asesoramiento sistémico integrativo y constelaciones familiares. Era un centro en Sabadell, llamado Beth, y fundado por la gran Sylvia Kabelka. Algo potente había en aquella formación, aunque me apunté sin saber todavía de lo que se trataba.

De entrada, se me atojaba que tenía poco sentido que una directora de coros góspel estudiara constelaciones, al menos por aquel entonces. Mi enfoque laboral no era para nada el terapéutico. Mis compañeros de curso, la mayoría psicólogos, se iban preparando para la acción. “Yo no tengo en mente constelar”, solía decir. Parece mentira que no me conozca. Expresiones como esta son el preludio inexcusable de que sí, de que aquello tan poco probable acabará pasando. Justamente porque no lo tengo solo “en mente”, sino más repartidito por otras partes de este extenso cuerpo. La vida, siempre tan sibilina en sus técnicas de persuasión.

Así es que los martes dirigía góspel y los fines de semana constelaba.

Acabado el primer curso, sobre el 2012, comencé a notar los primeros efectos. Eran fugaces y no siempre conscientes, pero volvían cada semana sin piedad. A veces era una imagen. Otras una palabra. Quizás una situación que me resultaba similar. O una idea: “aquí podríamos aplicar aquella técnica que…”. Un año después de zambullirme en el mundo sistémico ya no miraba de la misma forma los ensayos de Twocats. No era para nada intencionado. De hecho, a menudo me sorprendía a mí misma pensando estas cosas. Sin darme apenas cuenta se había ampliado el zoom y los espejos comenzaban a asemejarse. Aparecían de la nada paralelismos entre un problema de afinación en una canción, por ejemplo, y un problema de relación familiar entre una madre y una hija. No tenía ni idea de cómo pasaba, pero pasaba. Os lo aseguro.

Siento que hay algo en la música, si nos acercamos a ella con sinceridad, que nos conecta con el tuétano de nuestra experiencia humana.

Y supongo que eso fue lo que pasó. Aunque en realidad tan sólo es una hipótesis: la teoría del palito del helado.

Sentía que tenía en la mano derecha un colajet y en la izquierda un frigopié. Que me los iba comiendo de a cachitos, ahora el de cola, ahora el de fresa. Sentía que ambos me iban nutriendo. Tan refrescantes. Tan dulces. Poco a poco se iban deshaciendo en mi boca (el colajet de la mano derecha y el frigopié de la mano izquierda) y lo que finalmente quedaba en ambas manos era la estructura que los sostenía. Ese palito (tesoro eterno a los tres años). El esqueleto alrededor del cual los fabricantes de helados habían depositado su magia en forma de nave espacial o de pie de la pantera rosa.

Quizás te resulte una imagen demasiado frívola. Sólo quizás. Lo intrascendente tiene mucho que ver con lo esencial. Un ensayo de góspel en la mano derecha con gusto de cola y chocolate en la punta. Una sesión de constelaciones familiares en la mano izquierda con gusto a petit-suise.  Dos manos. Un cuerpo. Dos ojos. Una voz. Supongo que era inevitable no acabar metabolizando ambas experiencias en una sola.

Nunca hubiera dicho que Twocats fuera el espacio donde germinaría, de forma absolutamente aleatoria y nada premeditada, una nueva práctica artística y de crecimiento personal llamada voz sistémica.

Lo veo ahora, cuando me giro para mirar atrás.

Agradezco cada ensayo, cada constelación, cada masaje, cada canción. Cada crisis. Cada búsqueda. Doy gracias por haberme perdido. Por permitirme mezclar las cosas tal y como se dieron. Me siento muy afortunada, y tremendamente agradecida, por las personas que me habéis llevado de la mano. Especialmente las que habéis sostenido mis caídas. Las que cantaron en Twocats ¡Y las que aún lo hacen! Los compañeros de estudios sistémicos. Ese círculo, siempre sano, siempre amor. Las personas que han venido a consulta individual, con las que la vida ha ido zurciendo esta nueva propuesta a través de mi experiencia.

El siguiente paso fueron los Clappers del WeClap, el primer coro de voz sistémica del mundo, y con ellos las sesiones en pequeños grupos. Pero esta parte bien se merece otro capítulo, ya que fueron los que recogieron tan apasionadamente el testigo de los martes en Sant Antoni.

Este primer post de mi blog va para Twocats pel Gospel. El amor primero.

La buena tierra donde germinó la semilla. El árbol que sigue dando frutos. Los martes más cañeros de todos los universos conocidos. El grupo humano con el que aprendo y me desaprendo desde hace ya veinte años. Moltes, moltes, moltíssimes gràcies, twocats i twocades del meu cor.

 

 

2 comentarios
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